En esta comparativa enfrentaremos al Mercedes-Benz GLA contra el Infiniti QX30; dos crossovers compactos de categoría premium tan parecidos entre sí que, de hecho, parten de una base común y comparten la mayoría de componentes. Para la ocasión nos centraremos en las versiones diésel 2.2 de 170 CV con cambio automático y tracción total.
Tú a Stuttgart y yo a Yokohama
Con tantos y tantos SUV acaparando la escena, se hace cada vez más complicado identificar a los que cumplen con el concepto original de crossover. Se supone que los que reciben este calificativo deben representar la intersección entre un turismo y un todoterreno; y con un poco de fortuna, el automóvil resultante ha de exhibir unas capacidades off-road mínimamente decentes sin sacrificar en demasía su comportamiento en carretera.
A mi modesto entender, los modelos que más se aproximan a aquella definición serían los generalistas Subaru XV y Volkswagen T-Roc, además de los premium Audi Q2 y Q3, BMW X2, Mini Countryman y Mercedes-Benz GLA. Este último es al tiempo uno de los más veteranos y también uno de los más vendidos, seguramente por lo acertado de su diseño, por el efecto “halo” de su marca y porque, de todos los de su especie, es uno de los mejor preparados para escapar del asfalto. Para comprobar de qué es capaz, decidimos enfrentarlo al “tapado” de la categoría, el Infiniti QX30.
En realidad, ambos coches son casi el mismo: comparten chasis, motores, cajas de cambio, electrónica y numerosos componentes. Se diferencia claro está por su diseño exterior, pero si hiciésemos una disección completa de uno y otro, la imagen sería muy similar. Para ser precisos, el GLA de serie es equivalente al Infiniti Q30, mientras que el QX30 -que
Ambos coches son casi el mismo: comparten chasis, motores, cajas de cambio...
en comparación con su hermano de gama presenta una estética más campera- se corresponde con el GLA equipado con el “tren de rodaje de confort para todo terreno” que lleva la unidad probada y que eleva la carrocería en 3 cm.
Así pues, sus dimensiones son prácticamente idénticas, con las lógicas pero mínimas divergencias de sus respectivas carrocerías. El Mercedes-Benz GLA mide 4,42 m de largo (por 4,43 del Infiniti QX30), 1,80 m de ancho (1,82 m el QX30) y 1,52 de alto (igual), con una distancia entre ejes de 2,70 m (la misma). La altura al suelo es de 20 cm en los dos casos, muy buena para aventurarse por caminos de tierra.
Dado que son estructuralmente casi iguales, sus principales diferencias tienen que ver con la variedad de mecánicas disponibles, que es más amplia en el modelo alemán, y también por su equipamiento opcional, algo más limitado en el japonés. Por poner algunos ejemplos, el Mercedes es el único en ofrecer amortiguación adaptativa regulable, techo de cristal practicable (en el Infiniti es fijo) y apertura eléctrica del portón.
El puesto de conducción del GLA se beneficia del restyling; y pese a carecer de la frescura aportada por la nueva generación de su pariente cercano, el Clase A, todavía luce una apariencia joven y moderna. El QX30 recurre a la misma base para el salpicadero y la consola, y los materiales empleados son también de buena factura, pero desde mi punto de vista su diseño está un paso por detrás. Tampoco ayuda que casi todos los controles y botones, e incluso el ordenador de a bordo, sean un calco del Mercedes; aunque la pantalla central, integrada en el salpicadero, debe conformarse con una diagonal de 7 pulgadas (en el caso del GLA, su tablet puede ser de hasta 8”), pero en el caso del Infiniti sí presenta superficie táctil.
Los asientos delanteros del GLA son algo más envolventes e integran el reposacabezas con el respaldo. Esta solución gana puntos en el apartado estético y los pierde en el ergonómico, al no poder regular su altura. Curiosamente, en este modelo con cambio automático, el selector del Infiniti se sitúa en la consola central, a diferencia del típico y engorroso mando tras el volante del Mercedes.
Las plazas traseras coinciden en todo. El acceso, sin ser tan malo como en el Clase A, sigue penalizado por la escasa altura del marco, de manera que es fácil dar con la cabeza al entrar. Las dos plazas principales son decentes por anchura y espacio para las piernas, siendo más justita la distancia al techo. Dos adultos viajarán sin apreturas, pero quien ocupe la plaza central se verá perjudicado por la estrechez y altura del asiento y por la presencia del túnel de transmisión.
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Ninguno de los dos maleteros ofrece grandes dimensiones, que en realidad son las propias de un derivado de compacto. Sí es cierto que el QX30 gana en cifras (430 litros contra 421 del GLA), pero el alemán ofrece una mayor modularidad con espacios separados a ambos lados y una trampilla para pasar objetos largos. En ambos modelos el umbral queda alto pero la boca del maletero es amplia, y contamos con ganchos y argollas para separar la carga. Por supuesto, podemos plegar los respaldos en 60:40 para maximizar el espacio disponible, pero sin dejar un piso totalmente plano.
Donde vayas tú, yo te seguiré
Nuestros contendientes se igualan en configuración mecánica: en ambos casos, el motor es el diésel de 2.2 litros de origen Mercedes, con 170 CV de potencia máxima y 350 Nm de par disponibles desde sólo 1.400 rpm. Uno y otro se acompañan de caja automática de doble embrague de 7 velocidades para transmitir la fuerza del motor a un sistema de tracción total.
Para poca sorpresa, el comportamiento de uno y otro en carretera es casi idéntico, ya que al fin y al cabo su chasis es el mismo. Su conducción es la de un turismo con la salvedad de su mayor recorrido de suspensiones. De todas maneras, el ajuste de muelles y amortiguadores hace que el coche se note aplomado y, sin embargo, más ágil de lo que cabría esperar. Además, la dirección es rápida y ayuda a “sentir” la carretera casi con tanta precisión como el anterior Mercedes Clase A.
En cuanto al motor, un viejo conocido de la casa alemana, siempre ha destacado por su fuerza a bajo y medio régimen, convirtiéndose así en uno de los diésel más aprovechables del mercado. La principal “pega” es su falta de refinamiento, que lo hace algo ruidoso al ralentí y circulando a baja velocidad, aunque el habitáculo del Mercedes, mejor insonorizado, difumina el problema hasta cierto punto. Los consumos tampoco son extraordinarios, y no ayuda la presencia de un cambio automático suave por funcionamiento pero que no puede evitar un gasto de combustible algo mayor. El consumo homologado es de 5,9 litros a los 100 km para el GLA y de 5,4 l para el QX30, pero una vez completada la semana de pruebas nuestros consumos medios fueron los mismos: 7 l/100 km para uno y otro.
Dado que los dos modelos cuentan con tracción total, una generosa distancia al suelo y una apariencia campera que invita a “rebozarlos” de polvo, no dudamos en llevarlos a nuestras pistas favoritas y ponerlos en situaciones que serían insalvables para un compacto convencional. Tal y como esperábamos, GLA y QX30 demostraron ser coches que podemos conducir a buen ritmo y con plena confianza por caminos de tierra que no estén demasiado rotos. Pudimos incluso atrevernos a pisar trialeras y cruces de puentes de nivel medio sin temor a quedarnos tirados; pero ojo, tampoco hay que entusiasmarse: no olvidemos que en estos coches los ángulos de ataque y salida no son ideales, sus neumáticos son de carretera y las llantas son relativamente grandes. Si vamos a circular de forma habitual por pistas y caminos sin grandes adversidades climáticas u orográficas, GLA y QX30 son estupendas opciones; y si buscamos grandes aventuras... para eso están los todoterrenos “pata negra”.
Terminemos hablando de equipamiento y precio. El Mercedes-GLA 220 d 4Matic cuesta 41.700 euros, y trae de serie (entre otros ítems) llantas de 18”, faros LED, barras de techo, arranque sin llave, climatizador, asientos deportivos en símil cuero y tela, volante en cuero, pantalla central de 7” y selector de modos de conducción. Sobre esta base, la unidad probada añade tren de rodaje elevado en 3 cm (370 €), pintura Gris Montaña Metalizado (829 €), control de ángulo muerto y detección de cambio de carril (1.056 €), paquete Premium (cámara de marcha atrás, asistente de aparcamiento, reposabrazos trasero, pantalla de 8”, navegador y asientos calefactados con ajuste lumbar: 2.747 €), iluminación de ambiente en 12 colores (169 €), cristales tintados traseros (370 €) y techo corredizo de cristal (1.678 €). En suma, 48.924 euros.
En Infiniti prefieren hacer las cosas “a la japonesa” simplificando las cosas son sólo dos niveles de equipamiento: el básico Premium (al que corresponde nuestra unidad de prueba) y el más completo Premium Tech. Así, el Infiniti QX30 2.2d Premium AWD, a la venta por 40.875 euros, equipa de serie llantas de 18”, faros diurnos, traseros y antiniebla LED (los de carretera son halógenos), techo panorámico, cristales tintados, volante en cuero, asientos de tela calefactados, climatizador bizona, pantalla táctil de 7” y navegador. Tan fácil es la configuración del QX30, que el número de opciones se reduce a una: el color de su carrocería, que en nuestro caso es Moonlight White (935 €). De este modo, el precio final del modelo probado es de 41.810 euros, que con la campaña actual ofrecida por la marca (3.318 €) se queda en 38.493 euros.
En efecto: Infiniti nos pide diez mil euros menos por un coche que, en esencia, es el mismo que el Mercedes GLA con mecánica y transmisión equivalentes. Os toca a vosotros decidir si el “factor marca”, la mayor calidad de acabado, el mejor aislamiento acústico y el equipamiento extra que sólo puede llevar el alemán son argumentos suficientes para justificar la diferencia.
No sé a qué tantas pegas a la palanquita selectora del cambio de los Mercedes en la parte derecha de la columna de dirección, que se puede manejar sin quitar las manos del volante y no en el puente central delantero como en el Infinity. Yo estoy encantado en mi C 220.
Completamente de acuerdo, a mi me parece muy comodo.